Caía la tarde en Buenos Aires y la ciudad se ahogaba en tormentas con nubes grises, las gotas de lluvia golpeaban los vidrios del departamento como un metrónomo melancólico, el día de semana pedía refugio, y yo lo encontré.
Sheila me recibió con una sonrisa que le ganaba a cualquier pronóstico del tiempo, de entrada nomás, con esa estampa de flaca infartarte y una cabellera colorada encendida por pura elección, parecía salida de un cuadro impresionista. Tiene unas facciones en el rostro de...